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      Cuando llegamos a Bangkok, nos pareció que volvíamos al mundo civilizado. La gente respeta el espacio vital de cada uno, son amables, todo está limpio, hay aire acondicionado en el metro, etc. Cogimos un hotel cerca de la estación de tren desde donde partir hacia Chiang Mai, un hotel con sábanas limpias, toallas, jabón, aire acondicionado, wifi gratuito a una velocidad de vértigo y ¡tele plana! Un lujo para nosotros, en definitiva. Descansamos bien, puesto que con el cambio horario y el vuelo nocturno (incluyendo una escala de tres horas en Sri Lanka) no habíamos descansado nada. Ya por la tarde fuimos a conocer los alrededores de nuestro hotel. 


Estación de tren de Hua Lamphong
Al día siguiente, fuimos a explorar China Town que teníamos al lado y nos metimos en un inmenso mercado que era como un todo a cien pero gigante y sin fin. Puedes encontrar de todo y a buen precio, claro. La estrechez de las calles por donde se extendían las tiendas no era impedimento para que motoristas y puestos de comida ambulantes pasaran entre los ya apelotonados transeúntes. No recordamos las horas que estuvimos dando vueltas, pero acabamos muertos de cansancio.
China Town, se nota ¿no?
En uno de los muchos templos de la ciudad.
Ya el último día en Bangkok (hasta la vuelta) fuimos a comprar el billete de tren hacia Chiang Mai para ésa misma tarde y por la mañana decidimos coger el ferry e ir a dar un paseo por la famosa calle de mochileros en Bangkok: Khao san Road. Aquí encontramos muchos extranjeros, tiendas, bares y restaurantes todos orientados al visitante occidental, pero es igualmente curioso de ver. También aprovechamos para disfrutar de un fish-spa Laura y un masaje de pies Abel.



¡Qué cosquillas!
Se acercaba la hora, así que volvimos al hotel a recoger las maletas y poner rumbo a Chiang Mai. El tren que cogimos era tren-cama, y después de ver los de la India, nos esperábamos cualquier cosa. Pero todo lo contrario, cuando el tren llega a la estación lo primero que hacen es ¡limpiarlo! Sí, sí, como leéis, parece obvio, pero es de agradecer; y no sólo por dentro sino también por fuera: los cristales para que puedas apreciar el paisaje, todo un detalle. Y la cosa no acaba ahí: un señor muy amable viene a hacerte la cama, con sábanas limpias y una almohada solo para ti. Además hay vagón restaurante y si no te traen lo que quieras a tú asiento sin que tengas que moverte (los precios son algo excesivos, todo hay que decirlo). Dormimos como niños, sin preocuparnos de cucarachas, ni ratones, ni olores extraños.