Tal y como dijo una chica española que conocimos aquí, en Pai se respira una especie de pereza en el ambiente que te atrapa. Con esta, digámosle calma, decidimos darnos un pequeño capricho y cogernos un hotelito a las afueras del pueblo con piscina, desayuno incluido y una habitación con balconcito y todas las comodidades de los hoteles de gran categoría, ¿qué más se puede pedir?

Disfrutando de la piscina.
Así que ya os lo podéis imaginar, aquí decidimos darnos un descanso y disfrutar de la piscina y el sol. A pesar de todo, alquilamos una moto y nos movimos bastante por los alrededores: visitamos el pequeño cañón de Pai, el templo en lo alto de una colina, el mercado, etc. Y, como algunos ya sabréis, Abel aprovechó para hacerse un tatuaje con bambú, tal y como llevaba buscando desde que pisamos Tailandia.
De aquí ya vamos a pasar al país vecino, Laos, pero volvemos a Chiang Mai para coger el transporte que nos llevará hasta Luang Prabang.
Pinturas un tanto siniestras dentro del templo...


Al llegar a la estación de Chiang Mai, decidimos irnos con una señora que nos ofrecía transporte gratuito al hotel de su “hermano” no sin antes recalcarle que si no nos gustaba luego no queríamos sorpresas. Pero si, nos gustó, era un hotel grande, limpio, cálido, sólido (¿eh, Marc?), al igual que sus habitaciones. Nos quedamos aquí dos noches y aprovechamos para ver un poco la ciudad: templos, parques y mercados, sobre todo mercados. Está el mercado nocturno, muy cerca de nuestro alojamiento, que tiene lugar todas las noches desde el atardecer hasta medianoche. También visitamos el mercado del sábado (igualmente nocturno) donde por fin Abel pudo comer sushi.
Para el tercer día contratamos un trekking de dos días y una noche con una agencia que os recomendamos y de la cual ya somos clientes VIP. Nuestro grupo fue reducido, sólo 4 personas, y las otras dos chicas con las que íbamos tenían un día más que nosotros de trekking. El primer día después de parar en la granja de mariposas y orquídeas, y un mercado local para comprar las provisiones, fuimos hasta la montaña dónde empezamos nuestra caminata de poco más de 2 horas. Acabamos muertos. Se nota que estamos desentrenados y con el calor no parábamos de sudar, pero valió la pena. Al acabar fuimos al campamento de elefantes dónde pasaríamos la noche y antes de la cena pudimos dar un paseo a lomos de éstos animales tan fascinantes.
Nuestro campamento por una noche
Al día siguiente, cada uno de nosotros nos llevamos un elefante a un riachuelo cercano a darles un baño. En cuanto nos metimos en el agua, ya estábamos temiendo que cogieran agua con la trompa y nos empaparan de arriba abajo, pero los cuidadores los tenían controlados. Después del baño, tocaba darles de comer, tras unas simples órdenes que nos enseñaron, los elefantes cogían los plátanos de nuestras manos y uno de ellos, incluso te daba un beso. Todo hay que decir que era un elefante hembra y parece ser que prefería darles el beso a los hombres… Después de esta experiencia y con las ganas de quedarnos allí semanas, como un chico búlgaro que estaba allí de voluntario, pusimos rumbo a una cascada para darnos un chapuzón. Puesto que estamos en la temporada seca, la cascada no era nada impresionante pero aún así pudimos darnos un remojón dejándonos caer por la misma roca cuál tobogán.
Aquí ya nos separamos de nuestras amigas belgas y nos dirigimos a hacer el rafting y montar en barcas hechas de bambú. El paisaje descendiendo por el río era increíble, pudimos ver una serpiente acuática e incluso un elefante bebé salvaje dándose un baño. De camino vuelta a Chiang Mai le pedimos al conductor que parara en Tiger Kingdom para poder ver a los tigres. Escogimos a los más pequeñitos (3-4 meses), que de pequeños no tienen nada, ¡que no te den un zarpazo! La verdad es que disfrutamos mucho de la experiencia y aunque sólo pagamos para hacernos fotos con los pequeñajos, puedes ver a todos los demás.

      Cuando llegamos a Bangkok, nos pareció que volvíamos al mundo civilizado. La gente respeta el espacio vital de cada uno, son amables, todo está limpio, hay aire acondicionado en el metro, etc. Cogimos un hotel cerca de la estación de tren desde donde partir hacia Chiang Mai, un hotel con sábanas limpias, toallas, jabón, aire acondicionado, wifi gratuito a una velocidad de vértigo y ¡tele plana! Un lujo para nosotros, en definitiva. Descansamos bien, puesto que con el cambio horario y el vuelo nocturno (incluyendo una escala de tres horas en Sri Lanka) no habíamos descansado nada. Ya por la tarde fuimos a conocer los alrededores de nuestro hotel. 


Estación de tren de Hua Lamphong
Al día siguiente, fuimos a explorar China Town que teníamos al lado y nos metimos en un inmenso mercado que era como un todo a cien pero gigante y sin fin. Puedes encontrar de todo y a buen precio, claro. La estrechez de las calles por donde se extendían las tiendas no era impedimento para que motoristas y puestos de comida ambulantes pasaran entre los ya apelotonados transeúntes. No recordamos las horas que estuvimos dando vueltas, pero acabamos muertos de cansancio.
China Town, se nota ¿no?
En uno de los muchos templos de la ciudad.
Ya el último día en Bangkok (hasta la vuelta) fuimos a comprar el billete de tren hacia Chiang Mai para ésa misma tarde y por la mañana decidimos coger el ferry e ir a dar un paseo por la famosa calle de mochileros en Bangkok: Khao san Road. Aquí encontramos muchos extranjeros, tiendas, bares y restaurantes todos orientados al visitante occidental, pero es igualmente curioso de ver. También aprovechamos para disfrutar de un fish-spa Laura y un masaje de pies Abel.



¡Qué cosquillas!
Se acercaba la hora, así que volvimos al hotel a recoger las maletas y poner rumbo a Chiang Mai. El tren que cogimos era tren-cama, y después de ver los de la India, nos esperábamos cualquier cosa. Pero todo lo contrario, cuando el tren llega a la estación lo primero que hacen es ¡limpiarlo! Sí, sí, como leéis, parece obvio, pero es de agradecer; y no sólo por dentro sino también por fuera: los cristales para que puedas apreciar el paisaje, todo un detalle. Y la cosa no acaba ahí: un señor muy amable viene a hacerte la cama, con sábanas limpias y una almohada solo para ti. Además hay vagón restaurante y si no te traen lo que quieras a tú asiento sin que tengas que moverte (los precios son algo excesivos, todo hay que decirlo). Dormimos como niños, sin preocuparnos de cucarachas, ni ratones, ni olores extraños. 




 Pues ya llegó, el motivo por el que empezó ésta aventura: ¡la boda! Llegamos a Chennai a primeras horas de la mañana, como ya es costumbre, después de un viaje en bus nocturno. Habíamos leído que los conductores de rickshaw aquí son peor que en ningún sitio, a pesar de ello, un buen hombre (uno de estos conductores) al ver que no cogíamos ninguno nos informó de que podríamos coger un bus local hasta el destino dónde queríamos ir. Con el retraso de la huelga, llegamos el día anterior de la boda y sólo teníamos unas horas para comprarnos la ropa y todo lo que necesitábamos. Divya, nuestra amiga, estaba también con sus últimos preparativos, así que no pudo ayudarnos… nos fuimos a un centro comercial y nos compramos algo para salir del paso, por lo menos el primer día.
La celebración de la boda a la que estábamos invitados constaba de tres días. El primero por la tarde, era una fiesta para la novia, el Mehndi, una ceremonia en la que decoran sus manos y pies con henna, hay música y después comida tipo buffet. Nos ha tocado una boda en el sur de la India, dónde son muy religiosos y vegetarianos, por lo tanto, para nuestra desgracia nada de alcohol ni carne… Después nos fuimos con unos amigos de la novia a seguir la fiesta por los locales de Chennai, y ahí tuvimos la oportunidad de conocer otra India que no habíamos visto hasta hora: locales tan modernos que ni siquiera en Barcelona nos atrevemos a pisar. 
Todo un arte.
Así queda antes de que se seque.
Estuvieron horas para acabarlo, pero el resultado valía la pena.
Y así queda cuando se cae el henna.
Las amigas de la novia.
Los novios.
 El segundo día fue el más aburrido para nosotros. Por la mañana se servía un brunch (desayuno-comida) para todos los invitados que consistía en un talhi servido en hoja de platanero. Mientras, en el salón donde se celebraba la boda tenían lugar varias ceremonias religiosas, ofrendas, etc. En éste segundo día por la tarde se celebraba el compromiso entre las dos familias, con su correspondiente intercambio de anillos.
Con el bindi, más contenta que un ocho.





El último día, era el de la boda propiamente dicho. La ceremonia empezaba a las 5 de la mañana, la hora varía de boda en boda puesto que tiene que coincidir con cierta fase de la luna, etc. También éste día consistía en varias ceremonias religiosas, más ofrendas, etc. pero ahora ya los dos novios juntos, y había algunas ceremonias muy graciosas, como por ejemplo una en el que los novios sentados cara a cara cogen un coco y tienen que estirar para ver quién se lo lleva, evidentemente, el novio gana y en el siguiente intento, las mujeres de la familia de la novia pueden ayudarla.
La verdad es que nos sentimos muy afortunados de poder presenciar y formar parte de una boda como ésta. A pesar de que muchas veces no nos enteráramos de lo que estaba pasando, pero de vez en cuando venía alguno de los invitados a explicarnos los rituales y ceremonias que se sucedían. Los vestidos tanto de los invitados como de los novios (la novia usó alrededor de 8 o 9 vestidos distintos en el transcurso de los 3 días) eran increíbles, la comida, aunque vegetariana, estaba siempre disponible para quien quisiera en el bufet y según nos contaron ya al final de la boda, el chef es uno de los más famosos en la India. 



Aún llegaron a ponerles más flores.
¿Quién conseguirá el coco?
Estaba claro, ¿no?

Todo el coste de la boda, lo asume los padres de la novia, y es un dineral: flores, joyas, vestidos, montones de invitados, etc. La familia puede ayudar regalando joyas, pero está mal visto que se les de dinero. Además, según el sistema de castas que existe en la boda, si perteneces a una casta alta (como era éste caso) tampoco puedes escatimar en gastos, y así fue, no faltaba de nada.  

Al día siguiente, pasamos por el lugar de la boda, dónde, ya más relajados, tenían aún algunas ceremonias, para despedirnos y pusimos rumbo al aeropuerto hacia nuestro próximo destino: Tailandia. 



Ya marido y mujer.


Para ir a los backwaters de Kerala decidimos hacerlo de un tirón desde Hampi, y fue toda una odiesa: rickshaw desde Hampi a Hospet donde cogimos el bus nocturno hasta Mangalore, allí tuvimos que coger otro rickshaw hasta la estación de tren desde donde cogíamos un tren hasta Kochi, pero decidimos ir más allá y nos pasamos la parada de tren viendo que seguíamos más hacia el sur, que era lo que a nosotros nos interesaba. Cuando llegamos a la siguiente parada cogimos tres buses más (de los locales, atestados de gente y que parecían que se iban a despeñar) hasta llegar a Allepey y luego rickshaw hasta nuestro hotel. Poco más de 24 horas de viaje…
Una de las cosas que queríamos hacer en Kerala era surcar las backwaters en una antigua barca arrocera adaptada y convertida en casa flotante con cocinero propio. La idea era pasar 24 horas a bordo, pero al llegar aquí y preguntar en varios sitios los precios se disparaban y puesto que no entraba en nuestro presupuesto decidimos marcharnos hacia Varkala y disfrutar de la playa. Cuando cogimos el rickshaw para que nos llevara a la estación de autobuses el mismo conductor nos sugirió que cogiéramos el ferry turístico desde Allepey a Kollam desde dónde podríamos coger un autobús o tren hasta Varkala, sin poder pensarlo mucho ya que ya fuera autobús o ferry ambos partían en escasos diez minutos, nos decidimos por el trayecto por las backwaters que, a pesar de ir por los canales principales nos daba la oportunidad de admirar el paisaje igual.
El día a día en las backwaters.

Esa "mancha"marrón en el agua, son patos. ¡No habíamos visto tantos juntos en nuestras vidas!
Fueron ocho horas de trayecto, incuyendo una pequeña parada para comer y otra por la tarde para un tentempié. Nos dio tiempo a todo: admirar el paisaje, relajarnos, leer, observar los métodos de pesca utilizados… Cuando llegamos a Kollam, decidimos pasar allí la noche y ya a la mañana siguiente seguir el camino hacia Varkala frescos y sin prisas por buscar un alojamiento.

Atardecer en las backwaters.
Finalmente, cogimos un tren al día siguiente que en una hora nos llevó hasta Varkala. Fuimos a la zona de la Playa Negra a buscar alojamiento y encontramos justo lo que queríamos y necesitábamos: unas cabañitas de bambú en el acantilado a sólo 5 minutos a pie de una playa enorme de arena fina. Cogimos una, y nos quedamos ya para no movernos hasta ir a Chennai. Aquí, decidimos no hacer NADA. Disfrutar de la tranquilidad, pasear, leer, comprar cuatro cosas en la tiendecitas de los alrededores… Justo cuando ya decidimos ir a Chennai, nos encontramos con que había huelga en toda la India, así que tuvimos que quedarnos un día más… ¡nos dio una pena! :P
Playa de Varkala.
Nuestra cabañita.