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Desde Vientián cogimos un bus nocturno hasta Pakse y cuando llegamos allí por la mañana decidimos no hacer noche y seguir hasta las 4000 islas, así que cogimos una mini-van hasta Nakasang y allí una barca que en un trayecto de unos pocos minutos que nos llevó hasta la isla de Don Det. Desembarcamos en una pequeña “playa” de arena fina, cualquiera diría que estábamos a orillas del Mekong. Nos pusimos a buscar alojamiento sin ninguna idea clara de dónde alojarnos, así que después de mirar en varios sitios nos quedamos en una habitación dónde lo que nos encantó fueron las vistas, pero resultó ser que lo único bueno que tenía era eso, así que al día siguiente cambiamos a un alojamiento cercano que estaba mucho mejor.
 
Lo que más nos gustó de Don Det fue la excursión en kayak que hicimos. La excursión vale la pena porque aparte de poder remar hasta hartarte se visitan dos cataratas, una de ellas dicen que la más grande de Asia (mide más de un kilómetro y medio de ancho), pasas por dos zonas de rápidos muy divertidas en la primera de las cuáles tuvimos ciertos problemas al volcar nada más empezar, estuvimos en la zona donde habita el extraño delfín de irrawaddy y ¡conseguimos verlo a lo lejos! En definitiva un día muy completo por unos 17€ los dos con comida y agua todo el día incluidos. 
Impresionante.
Al día siguiente, decidimos alquilar unas bicis e ir a explorar la isla por tierra. Cruzamos por un pequeño puente hasta la vecina Don Khong y allí encontramos un lugar perfecto para darnos un chapuzón y tomar el sol. Después de pasar un par de días más aquí pusimos rumbo a Bangkok, ésta vez sin transporte nocturno pero haciendo noche en la ciudad tailandesa de Ubon Ratchathani, dónde cenamos en un lugar muy curioso, una especie de bar de tapas español, pero a la tailandesa, siendo los únicos turistas y entre tailandeses que no hablaban una palabra de inglés. A pesar de todo cenamos muy bien y muy barato, lástima que estábamos de paso y no podríamos repetir.  

Lo primero que hicimos la primera mañana es buscar otro alojamiento ya que, el que habíamos escogido la noche anterior con el cansancio no nos gustó, entre otras cosas porque había obras cerca y nos despertaron bien temprano. Una vez en el nuevo hotel, dedicamos ése día a pasear sin rumbo por la ciudad. Está rodeada por dos ríos, y muchos de los bares, restaurantes y hoteles se encuentran en una ubicación privilegiada con vistas a los ríos.

Niños pescando en el río.
Luang Prabang es una pequeña localidad donde perdura aún un aire afrancesado resultado de años de colonización. A cada paso te encuentras restaurantes con aire francés, que ofrecen repostería, baguettes, etc. Aquí también abundan las escuelas y templos budistas y hay muchísimos niños vestidos de monjes por todos lados, pero sin duda, para nosotros, lo mejor de Luang Prabang son sus cascadas. 
Uno de los días que estuvimos aquí cogimos un taxi y nos fuimos a las más famosas, las de Kuang Si. Había gente, pero no demasiada, también nos encontramos con gente local pasando el día aquí con su picnic, la mayor atracción de estas cascadas es la cuerda que hay colgando de un árbol de la que te puedes tirar de mil maneras (algunos con mayor facilidad que otros).

Otro de los puntos a destacar de esta localidad es el mercado nocturno con montones de puestos de las gentes de los poblados de alrededor que venden sus artesanías y todo tipo de materiales hechos a mano. Después de pasar unos días aquí, decidimos bajar hasta Vientián, la capital del país. 



El viaje desde Chiang Mai a Luang Prabang nos iba a llevar tres días completos, pero era la forma  más conveniente (y barata) para nosotros. Cogimos el viaje en nuestra agencia y allá que nos fuimos. El primer día, mini-van hasta la frontera norte de Tailandia con Laos en Chiang Khong. Por el camino hicimos una parada para comer y luego otra para ver el Templo Blanco, muy bonito y un tanto siniestro (en las fotos veréis a lo que nos referimos). 


Siniestro, ¿verdad?
Sobre las 4 de la tarde llegamos a Chiang Khong donde pasaríamos la noche. Habíamos leído todo tipo de opiniones sobre los alojamientos en los que te metían al hacer esta parada (incluido en el precio) así que cuando llegamos, quedamos encantados. El baño era compartido, pero las habitaciones estaban en unas cabañas de madera dentro de un bonito jardín y ¡teníamos piscina! La verdad es que de buen grado nos hubiéramos quedado aquí una o dos noches más, pero esta vez no podía ser. Además encontramos un café/tienda muy bonito regentado por una simpática señora con la que nos hubiéramos quedado charlando horas y horas.

Al día siguiente, nos dirigimos a cruzar la frontera y solicitar el visado de Laos. Es un puro trámite que no tardaron mucho en acabar, entregas dos fotos, el formulario rellenado y pagas las tasas (35$ por persona, aunque esto depende de cuál es tu país de origen) y listo. Al ir en grupo, tuvimos que esperar a que todos acabáramos, sobre todo porque había un chico que se había excedido un día en su visado tailandés y tuvo que pagar una multa y llevó más tiempo. Una vez ya estuvimos todos listos, fuimos a coger el barco (slow boat, lo llaman) en el que viajaríamos unas siete horas el primer día. En el barco hay poco sitio y mucha gente, pero el paisaje del Mekong compensa la incomodidad. Sobre las 6 de la tarde llegamos a Pak Beng dónde pasaríamos la noche. El alojamiento de esa noche no entraba en el precio, nosotros lo reservamos desde el hotel de Chiang Khong, pero en realidad no hacía falta porque a la llegada del barco a Pak Beng tienes a todos casi rogándote que vayas a su hotel, y puedes encontrar mejor precio una vez allí que reservándolo con antelación.

El tercer y último día de ésta travesía, eran otras 7-8 horas más en el barco y ¡por fin! sobre las 5 de la tarde llegamos a nuestro destino: Luang Prabang. Aquí buscamos alojamiento y dimos una primera vuelta de reconocimiento del lugar y del mercado nocturno después de cenar en uno de los muchos restaurantes de la ciudad.
Vida cotidiana a orillas del río Mekong.