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 Pues ya llegó, el motivo por el que empezó ésta aventura: ¡la boda! Llegamos a Chennai a primeras horas de la mañana, como ya es costumbre, después de un viaje en bus nocturno. Habíamos leído que los conductores de rickshaw aquí son peor que en ningún sitio, a pesar de ello, un buen hombre (uno de estos conductores) al ver que no cogíamos ninguno nos informó de que podríamos coger un bus local hasta el destino dónde queríamos ir. Con el retraso de la huelga, llegamos el día anterior de la boda y sólo teníamos unas horas para comprarnos la ropa y todo lo que necesitábamos. Divya, nuestra amiga, estaba también con sus últimos preparativos, así que no pudo ayudarnos… nos fuimos a un centro comercial y nos compramos algo para salir del paso, por lo menos el primer día.
La celebración de la boda a la que estábamos invitados constaba de tres días. El primero por la tarde, era una fiesta para la novia, el Mehndi, una ceremonia en la que decoran sus manos y pies con henna, hay música y después comida tipo buffet. Nos ha tocado una boda en el sur de la India, dónde son muy religiosos y vegetarianos, por lo tanto, para nuestra desgracia nada de alcohol ni carne… Después nos fuimos con unos amigos de la novia a seguir la fiesta por los locales de Chennai, y ahí tuvimos la oportunidad de conocer otra India que no habíamos visto hasta hora: locales tan modernos que ni siquiera en Barcelona nos atrevemos a pisar. 
Todo un arte.
Así queda antes de que se seque.
Estuvieron horas para acabarlo, pero el resultado valía la pena.
Y así queda cuando se cae el henna.
Las amigas de la novia.
Los novios.
 El segundo día fue el más aburrido para nosotros. Por la mañana se servía un brunch (desayuno-comida) para todos los invitados que consistía en un talhi servido en hoja de platanero. Mientras, en el salón donde se celebraba la boda tenían lugar varias ceremonias religiosas, ofrendas, etc. En éste segundo día por la tarde se celebraba el compromiso entre las dos familias, con su correspondiente intercambio de anillos.
Con el bindi, más contenta que un ocho.





El último día, era el de la boda propiamente dicho. La ceremonia empezaba a las 5 de la mañana, la hora varía de boda en boda puesto que tiene que coincidir con cierta fase de la luna, etc. También éste día consistía en varias ceremonias religiosas, más ofrendas, etc. pero ahora ya los dos novios juntos, y había algunas ceremonias muy graciosas, como por ejemplo una en el que los novios sentados cara a cara cogen un coco y tienen que estirar para ver quién se lo lleva, evidentemente, el novio gana y en el siguiente intento, las mujeres de la familia de la novia pueden ayudarla.
La verdad es que nos sentimos muy afortunados de poder presenciar y formar parte de una boda como ésta. A pesar de que muchas veces no nos enteráramos de lo que estaba pasando, pero de vez en cuando venía alguno de los invitados a explicarnos los rituales y ceremonias que se sucedían. Los vestidos tanto de los invitados como de los novios (la novia usó alrededor de 8 o 9 vestidos distintos en el transcurso de los 3 días) eran increíbles, la comida, aunque vegetariana, estaba siempre disponible para quien quisiera en el bufet y según nos contaron ya al final de la boda, el chef es uno de los más famosos en la India. 



Aún llegaron a ponerles más flores.
¿Quién conseguirá el coco?
Estaba claro, ¿no?

Todo el coste de la boda, lo asume los padres de la novia, y es un dineral: flores, joyas, vestidos, montones de invitados, etc. La familia puede ayudar regalando joyas, pero está mal visto que se les de dinero. Además, según el sistema de castas que existe en la boda, si perteneces a una casta alta (como era éste caso) tampoco puedes escatimar en gastos, y así fue, no faltaba de nada.  

Al día siguiente, pasamos por el lugar de la boda, dónde, ya más relajados, tenían aún algunas ceremonias, para despedirnos y pusimos rumbo al aeropuerto hacia nuestro próximo destino: Tailandia. 



Ya marido y mujer.


Para ir a los backwaters de Kerala decidimos hacerlo de un tirón desde Hampi, y fue toda una odiesa: rickshaw desde Hampi a Hospet donde cogimos el bus nocturno hasta Mangalore, allí tuvimos que coger otro rickshaw hasta la estación de tren desde donde cogíamos un tren hasta Kochi, pero decidimos ir más allá y nos pasamos la parada de tren viendo que seguíamos más hacia el sur, que era lo que a nosotros nos interesaba. Cuando llegamos a la siguiente parada cogimos tres buses más (de los locales, atestados de gente y que parecían que se iban a despeñar) hasta llegar a Allepey y luego rickshaw hasta nuestro hotel. Poco más de 24 horas de viaje…
Una de las cosas que queríamos hacer en Kerala era surcar las backwaters en una antigua barca arrocera adaptada y convertida en casa flotante con cocinero propio. La idea era pasar 24 horas a bordo, pero al llegar aquí y preguntar en varios sitios los precios se disparaban y puesto que no entraba en nuestro presupuesto decidimos marcharnos hacia Varkala y disfrutar de la playa. Cuando cogimos el rickshaw para que nos llevara a la estación de autobuses el mismo conductor nos sugirió que cogiéramos el ferry turístico desde Allepey a Kollam desde dónde podríamos coger un autobús o tren hasta Varkala, sin poder pensarlo mucho ya que ya fuera autobús o ferry ambos partían en escasos diez minutos, nos decidimos por el trayecto por las backwaters que, a pesar de ir por los canales principales nos daba la oportunidad de admirar el paisaje igual.
El día a día en las backwaters.

Esa "mancha"marrón en el agua, son patos. ¡No habíamos visto tantos juntos en nuestras vidas!
Fueron ocho horas de trayecto, incuyendo una pequeña parada para comer y otra por la tarde para un tentempié. Nos dio tiempo a todo: admirar el paisaje, relajarnos, leer, observar los métodos de pesca utilizados… Cuando llegamos a Kollam, decidimos pasar allí la noche y ya a la mañana siguiente seguir el camino hacia Varkala frescos y sin prisas por buscar un alojamiento.

Atardecer en las backwaters.
Finalmente, cogimos un tren al día siguiente que en una hora nos llevó hasta Varkala. Fuimos a la zona de la Playa Negra a buscar alojamiento y encontramos justo lo que queríamos y necesitábamos: unas cabañitas de bambú en el acantilado a sólo 5 minutos a pie de una playa enorme de arena fina. Cogimos una, y nos quedamos ya para no movernos hasta ir a Chennai. Aquí, decidimos no hacer NADA. Disfrutar de la tranquilidad, pasear, leer, comprar cuatro cosas en la tiendecitas de los alrededores… Justo cuando ya decidimos ir a Chennai, nos encontramos con que había huelga en toda la India, así que tuvimos que quedarnos un día más… ¡nos dio una pena! :P
Playa de Varkala.
Nuestra cabañita.


Al bajar del autobús justo antes de que amaneciera en la antigua (varios siglos) plaza del mercado  ya se podía respirar en el ambiente el misticismo del lugar. Para variar, ya estaban los autorickshaws al acecho, pero ésta vez según el mapa nuestro alojamiento estaba a un kilómetro de la estación de autobuses más o menos así que decidimos ir andando y en menos de cinco minutos ya estábamos allí.
Hampi es un pueblo pequeño de apenas un puñado de calles sin asfaltar, con vacas desperdigadas por todos lados, cabras, etc. (aquí íbamos a necesitar bastante repelente de mosquitos y, de hecho, es donde hicimos nuestro descubrimiento de una repelente en crema perfecto y barato: Odomos). Sin embargo, está sorprendentemente limpio, quizá porque para los hindús sea lugar de peregrinación. Después de desayunar, acomodarnos en la habitación y lavar alguna que otra prenda de ropa nos pasamos la tarde paseando por las ruinas más cercanas. El paisaje que brindan es impresionante. Los templos se encuentran rodeados por gigantescas rocas redondas que parecen desafiar la gravedad en enclaves imposibles, todo ello enmarcado por centenares de verdes palmeras que contrastan perfectamente formando lo que bien podría ser un escenario de película.

Al día siguiente, antes de coger la moto que habíamos alquilado para poder ir a ver los templos más alejados y, a su vez, los que dicen ser más importantes, nos fuimos a llenarnos el estómago a nuestro, recién descubierto, restaurante favorito de Hampi: cerca de la calle principal regentado por una familia tibetana, muy acogedor, con un buen servicio, comida más que apetecible y desde la terraza del cuál podíamos observar a los monos que se paseaban por las cercanías.

Healthy breakfast. 

¿Qué estará pensando? ¿El planeta de los simios?
Con el estómago ya lleno cogimos la moto y fuimos a investigar los alrededores. Pasamos por varios pueblos y ruinas y llegamos al templo principal, famoso por alojar un carro de piedra cuyas ruedas, dicen, se movían antiguamente. Paseamos por esta zona un buen rato, admirando el paisaje que no dejaba de sorprendernos y luego nos sentamos a descansar (no sin antes aventurarnos a comprar unos helados “caseros” a un vendedor ambulante que no llegamos a terminar) a la orilla del río desde dónde pudimos observar entre otras cosas a un grupo de búfalos cruzar el río.


Después del descanso fuimos en busca del Templo de los Monos que Julián nos recomendó que visitáramos. Se encontraba en la orilla opuesta del río y teníamos que cruzar con unas pequeñas barcas a motor con moto y todo. Las barcas parecían pequeñas pero llegamos a ver hasta 6 motos dentro más un puñado de gente junto con todos los conductores, claro. El templo de los monos se encuentra al final de un montón de empinadas escaleras y vigilado, como su propio nombre indica, por montones de monos que se acercan demasiado, para nuestro gusto, debido a que la gente les da comida. Después del esfuerzo de subir a pleno sol y vigilando que los monos no se nos fueran a tirar encima, llegamos a la cima dónde el paisaje vuelve a impresionar gratamente: rocas color ocre que contrastan con las palmeras y los campos arrozales de un verde intenso casi imposible.
Ya al día siguiente dejábamos Hampi para dirigirnos al prometedor estado de Kerala y sus backwaters.

El Templo de los Monos.

Llegamos a Goa a las 6 de la mañana (dos horas antes de lo previsto) después de uno de los peores viajes en bus hasta el momento. Nuestro destino, aconsejados por Julián, iba a ser Anjuna y ya que nos comentó que tenía un amigo español aquí, Eloy, que tenía una agencia de viajes y nos podía ayudar con el alojamiento, decidimos contactar con él. La idea era que al llegar a Mapusa (“Mapsa” como dicen ellos) sobre las 8 de la mañana lo llamáramos y él nos enviaba un taxi para que nos llevara al alojamiento en Anjuna. No íbamos a llamarlo a las 6 de la mañana, no somos tan malos, así que nos sentamos en una especie de “café” a tomarnos un par de tés y esperar que pasara el tiempo. Finalmente, lo llamamos y quedamos en vernos en un restaurante llamado German Bakery de Anjuna dónde él se reuniría con nosotros.
Una de las muchas marcas que dejaron los portugueses.
Fuimos a la ventanilla de pre-pago de rickshaws, a ésas horas, después de la noche en bus y la espera lo último que queríamos hacer era regatear. Cuando llegamos al restaurante nos sentimos bastante aliviados: era todo al aire libre, en un jardín rodeado de vegetación, con lámparas y estrellas de papel colgando por todos lados, música chill-out de fondo…soltamos los mochilones y pedimos el desayuno mientras esperábamos. Cuando llegó Eloy y nos dijo que el alojamiento que nos había buscado estaba a unos pocos metros, respiramos aliviados, teníamos ganas de instalarnos e inspeccionar la playa, que según nos decía estaba a menos de un kilometro. India’s style encajó como pudo nuestros dos mochilones entre el manillar y el asiento de su 50cc, se colgó una de nuestras mochilas auxiliares delante y nos dijo que subiéramos los dos. Nosotros lo mirábamos con incredulidad pensando “la moto no tira con tanto peso”, pero sí, sí, nos llevó a los tres y las mochilas sin problemas, todo hay que decir que fue un trayecto de 100 metros.
Una vez en nuestra habitación y después de que Eloy nos consiguiera una moto para movernos por allí, nos quedamos fritos en la cama hasta la hora de comer. Entonces decidimos ir a explorar montados en la moto y buscar otro alojamiento para los próximos días: dónde estábamos no era el tipo de alojamiento que buscábamos y queríamos estar más cerca de la playa. Antes de llegar a Anjuna, nos esperábamos un pueblo de costa tipo Tossa de Mar, Playa de Aro… ¡qué ignorantes! Anjuna consiste en una serie de caminos y carreteras que se cruzan entre sí y por las que puedes llegar a cualquier punto (esto nos costó adivinarlo, ¡suerte que íbamos motorizados!), en ellas te encuentras desperdigados casas, restaurantes y alguna que otra tiendecita, pero no había ni rastro de lo que conocemos como un paseo marítimo, jajajaja. Cuando por fin llegamos a la playa, buscamos habitaciones libres en las cabañitas que encontrábamos (aunque ninguna estaba en la playa sino justo detrás de los restaurantes, los cuáles si se encontraban en la misma playa) pero no hubo suerte. Llegamos a lo que parecía uno de los últimos lugares dónde preguntar y allí sí que tuvimos suerte: tenían cabañitas y luego un conjunto de “casas de árbol” abiertas, es decir, sin paredes pero con cortinas y cojines por todas partes, a distintos niveles y en la misma playa. No lo dudamos, era justo lo que queríamos. 
A la mañana siguiente, en cuánto nos despertamos hicimos el traslado con mochilas (nosotros dimos dos viajes) y después de instalarnos fuimos a dar una vueltecita por el famoso mercado de los miércoles de Anjuna que teníamos justo al lado. Después de unas compras, nos relajamos en nuestra “casa de árbol” durante los siguientes días, disfrutando del paisaje, la playa, etc. Nos quedamos la moto un par de días más para seguir explorando la zona y al día siguiente quedamos con Eloy en una playa que se encuentra más al norte y que según él está a 20 minutos. A nosotros nos costó más de una hora encontrarla… pero nos lo pasamos de miedo dando vueltas con la moto de un lado a otro y la vuelta ya fue más directa.
 Llegó la hora de despedirnos de la playita (por ahora) y seguir nuestra ruta rumbo a Hampi. Una parada que no estaba en nuestra ruta inicial, pero que, después de que nos la aconsejaran, teníamos muchas ganas de ver, a pesar de que nos teníamos que desviar un poco.