Ya han pasado casi dos meses desde nuestra vuelta (por desgracia) y no queríamos dejar el blog así abierto, como abandonado. Además, faltan los últimos días de estancia por explicar y de los que haremos un brevísimo resumen ahora mismo, a pesar de que fueron unos días intensos y en los que vivimos muchas experiencias. Si alguien necesita o quiere ampliación, ¡solo tiene que pedirlo!

En éste ferry pasamos la noche "durmiendo" de camino a Koh Tao.
Después de pasar unos días en las islas Phi Phi nos fuimos a otro pequeño paraíso: Koh Tao. Aquí pasamos unos días disfrutando de las playas y el paisaje. Abel y yo, nos quedamos con las ganas de sacarnos el curso de submarinismo PADI. Lo tenemos pendiente para la próxima visita (¡qué excusa más buena para volver!).

Ya se iba acercando el año nuevo Tailandés así que pusimos rumbo a Bangkok dónde ya habíamos reservado el alojamiento y teníamos parte de nuestro equipaje esperándonos. Durante éstos últimos días en Bangkok aprovechamos para visitar algunos de los (muchos) centros comerciales y vivir de primera mano la fiesta del agua o Songkram. Una locura. Agua y gente por todos lados, te descuidabas un momento y te caía un cubo de agua encima; había fiestas y conciertos organizados por diversos puntos de la ciudad, bomberos con mangueras mojando a la gente, coches que pasaban por tu lado y te refrescaban un poco, porque, seamos sinceros, con el calor que hacía en Bangkok era de agradecer, la verdad. 


Agua por aquí...
...agua por allá.
¡Agua por todas partes!


En éstos últimos días también aprovechamos para ir a visitar Ayutthaya, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando nos lo encontramos aún más ruinoso de lo que nos lo esperábamos después de las inundaciones que tuvieron lugar a finales del pasado año 2011. Sinceramente, es una gran pena, pero no recomendaría a nadie que fuera expresamente a verlo tal y como se encuentra. Para nosotros fue más una pérdida de tiempo (un día entero prácticamente) y una gran desilusión.    
¡La naturaleza al poder!
Y así están la mayor parte de los templos. Una pena.
Despedimos a Pedro en el aeropuerto (nos veríamos ya de vuelta en España en solo una semana) y al día siguiente decidimos aprovechar los últimos 5 días que nos quedaban en Tailandia para disfrutar del sol y las playas. Escogimos la isla de Koh Chang que no tenía el encanto de las Phi Phi o Koh Tao pero nos bastó.


Vistas desde nuestro alojamiento en Koh Chang.

Y ya iba llegando el final de nuestro viaje, cinco días después de la partida de Pedro nos fuimos al aeropuerto para coger el vuelo a Delhi y cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dicen que el vuelo estaba cancelado... ¡qué raro que no nos pasara algo así! Después de un rato de incertidumbre, no podría haber salido mejor. Pasamos la noche en Bangkok en un hotel de lujo (al menos comparándolo con los que habíamos estado durante nuestra aventura) y volamos a Delhi al día siguiente a una hora mucho más conveniente que la que nosotros teníamos originalmente.

Finalmente y debido a ese cambio de vuelo Bangkok-Delhi, pasamos un día menos en Delhi pero tiempo suficiente para hacer las últimas compras. El día 23 a las 5 de la mañana cogimos un taxi rumbo al aeropuerto de Delhi para dejar atrás estos maravillosos meses, pero las aventuras no acababan ahí. Vuelo retrasado, yo ya empiezo a pensar que uno de los dos es gafe, tres horas más de espera en el aeropuerto, pérdida de vuelo de enlace Londres-Barcelona pero como es de la misma compañía ya nos había buscado otro vuelo, y aunque íbamos a llegar cuatro horas más tarde a casa sería ése mismo día. 
Por extraño que parezca, nos dan la tarjeta de embarque sin asiento asignado, ya no sabemos qué pensar. A estas alturas queremos teletransportarnos a casa pero ¡oh, sorpresa! En la puerta de embarque nos asignan nuestros asientos y nos los dan en una categoría superior a la turista, ¿qué significa eso? Así da igual que el vuelo sea de ocho o veinte horas: periódico, refrescos, más espacio, asientos más cómodos... Un lujo, y todo por la cara,¡yujuuuu! Pero todo lo bueno se acaba, llegamos a Londres, cogemos nuestro vuelo a Barcelona y... ¡qué frío hace aquí! Se acabó el sueño, pero guardamos montones de experiencias, fotos, sensaciones y unas ganas enormes de repetir.
Os mantendremos informados de nuestros próximos planes, que no serán de absoluto placer pero que ya estamos planeando. Piano, piano.
Después del viaje en tren y un, muy agradecido, trayecto en bus dónde pudimos dormir un poco, llegamos a Phuket. No habíamos mirado a que zona ir y cuando nos lo preguntaron nos pillaron totalmente desprevenidos, pero lo que si sabíamos era que queríamos playa. Nos dijeron de ir a la playa de Patong pero después de echarle un vistazo a nuestra guía y ver que la describían prácticamente como el Lloret de Mar de Tailandia decidimos optar por la playa de Kata. La zona nos gustó pero cuando nos dimos un chapuzón en la playa no nos impresionó, no tenía nada de especial así que compramos el billete de ferri para irnos a las islas Phi Phi el día siguiente. 


El viaje hasta las islas Phi Phi en sí ya es una gozada. Lo primero que vimos fue la isla donde se grabó la película protagonizada por Leonardi DiCaprio “La Playa”.  Una vez desembarcamos en el puerto (de aguas cristalinas azul turquesa) nos vimos “atacados” por una avalancha de oferta de alojamiento. La verdad es que para el paraíso que son las Phi Phi la llegada es bastante caótica y estresante. Montones de agencias con fotos de todos los hoteles de la isla se agolpan a la salida de los pasajeros de los ferries; nos vimos abrumados pero después de un rato mirando elegimos un hotel en Long Beach. 
Maya Bay.
Si volviéramos, lo haríamos diferente. Long Beach es una de las mejores playas de la isla, pero en la zona sólo hay un puñado de hoteles y la forma más rápida de llegar es en una de las pequeñas barcas-taxi que operan por toda la isla, pero no la única, ya que luego descubrimos que hay un camino que la une al, digamos, “pueblo” en tan sólo unos 20-30 minutos. También descubrimos muchos alojamientos en este camino, algunos muy apetecibles. 

En su paraíso particular.
Sin embargo, una tarde que estábamos reservando (con tiempo) el tren de vuelta a Bangkok para no vernos en la misma situación que en nuestro último viaje, se nos acercó un grupo de cuatro chicos ofreciéndonos compartir una barca-taxi con ellos el día siguiente y visitar Maya Bay bien temprano para evitar la acumulación de turistas y luego un par de islas más. Aceptamos, ya que nos daba libertad para repartir el tiempo como quisiéramos y ver Maya Bay sin tener que ir esquivando turistas. 

Llegamos a “la playa” sobre las 8 de la mañana y ya había bastante gente allí, principalmente afortunados que la visitan con sus propios barcos, pero a pesar de todo pudimos dar un paseo bastante solitario por la zona y admirar la belleza del lugar mientras el sol iba abriéndose paso entre los riscos que envuelven ésta espectacular extensión de arena blanca y aguas turquesas. 

Después de un par de horas aquí y cuando ya empezaba a haber problemas por colocar la toalla (por la subida de la marea y la llegada de más barcos) decidimos poner rumbo a la isla Mosquito e isla Bamboo, ambas con playas que nada tienen que envidiar a la primera. Por el camino también paramos para hacer un poco más de snorkel y aquí, en aguas más profundas el paisaje era aún más impresionante si cabe y la variedad y cantidad de peces de todos los tamaños abrumadora. 

Tristemente, llegó el día de nuestra partida, aunque nos íbamos con la perspectiva de playas igual de impresionantes en las costas de Koh Tao (nuestro siguiente destino) y, al menos nosotros dos, la esperanza, sino casi promesa, de poder volver algún día en un velero.

Chapuzón a la luz de la luna.
Precioso atardecer y acercándose por el este...
Una tormenta de nada. Por suerte, se quedó en el mar.


Después de un cómodo viaje en tren nocturno hasta Bangkok, fuimos a buscar alojamiento para los tres, ya que en unas horitas llegaba Pedro. Desayunamos y pusimos rumbo al aeropuerto a encontrarnos con él. Lo primero que le sorprendió fue el calor, nosotros ya estamos acostumbrados y por suerte ni nos acordamos del frío. Una de las primeras cosas que hicimos una vez ya instalados los tres fue comprar el billete para al día siguiente bajar a lo que esperábamos fueran las mejores playas que habíamos visto hasta ahora. 

Preparados, listos, ¡ya!
Decidimos ir hasta Phuket y después de pasar unos días en las islas Phi Phi de camino de vuelta a Bangkok para el festival del agua, Songkram, o año nuevo tailandés, parar en Koh Tao un par de días más. Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dijeron que no quedaba sitio en ningún tren en segunda clase (con cama) y que lo único que quedaba libre era 3ª clase porque aparte de ser el año nuevo tailandés, también coincidía con la popular fiesta de la luna llena. 
Medicina china.
Durian, su olor es tan fuerte que prohíben comerlo en el transporte público.
No nos quedó otra que coger el billete en 3ª clase, pero ¡ay si lo hubiéramos sabido! Fue uno de los peores viajes que hemos hecho: 12 horas que acabaron siendo 14 sentados (viajando de noche) en un vagón lleno de gente sin aire acondicionado, en un asiento de un metro escaso teníamos que ir tres personas. Como os podéis imaginar no pudimos dormir, y cuando dábamos alguna  cabezadita vencidos por el sueño venían los “simpáticos” vendedores ambulantes a grito pelado ofreciendo de todo. ¿Quién quiere comer un trozo de pollo frito a las 2 de la mañana? ¡Estoy intentando dormir!

Pero bueno, antes de éste maravilloso viaje en tren teníamos algo más de un día para ver algo de Bangkok y fuimos al barrio chino (aunque nosotros ya lo habíamos visto, pero Pedro no), al templo Wat Po dónde se encuentra el buda reclinado y por la noche visitamos el mercado de Patong, el resto lo dejamos para cuando volviéramos del sur de Tailandia para disfrutar de la celebración del año nuevo tailandés. 

Tuk-tuk.






Desde Vientián cogimos un bus nocturno hasta Pakse y cuando llegamos allí por la mañana decidimos no hacer noche y seguir hasta las 4000 islas, así que cogimos una mini-van hasta Nakasang y allí una barca que en un trayecto de unos pocos minutos que nos llevó hasta la isla de Don Det. Desembarcamos en una pequeña “playa” de arena fina, cualquiera diría que estábamos a orillas del Mekong. Nos pusimos a buscar alojamiento sin ninguna idea clara de dónde alojarnos, así que después de mirar en varios sitios nos quedamos en una habitación dónde lo que nos encantó fueron las vistas, pero resultó ser que lo único bueno que tenía era eso, así que al día siguiente cambiamos a un alojamiento cercano que estaba mucho mejor.
 
Lo que más nos gustó de Don Det fue la excursión en kayak que hicimos. La excursión vale la pena porque aparte de poder remar hasta hartarte se visitan dos cataratas, una de ellas dicen que la más grande de Asia (mide más de un kilómetro y medio de ancho), pasas por dos zonas de rápidos muy divertidas en la primera de las cuáles tuvimos ciertos problemas al volcar nada más empezar, estuvimos en la zona donde habita el extraño delfín de irrawaddy y ¡conseguimos verlo a lo lejos! En definitiva un día muy completo por unos 17€ los dos con comida y agua todo el día incluidos. 
Impresionante.
Al día siguiente, decidimos alquilar unas bicis e ir a explorar la isla por tierra. Cruzamos por un pequeño puente hasta la vecina Don Khong y allí encontramos un lugar perfecto para darnos un chapuzón y tomar el sol. Después de pasar un par de días más aquí pusimos rumbo a Bangkok, ésta vez sin transporte nocturno pero haciendo noche en la ciudad tailandesa de Ubon Ratchathani, dónde cenamos en un lugar muy curioso, una especie de bar de tapas español, pero a la tailandesa, siendo los únicos turistas y entre tailandeses que no hablaban una palabra de inglés. A pesar de todo cenamos muy bien y muy barato, lástima que estábamos de paso y no podríamos repetir.