Desde el bus de camino a Mumbai.
Se puede decir que nuestra partida hacia Mumbai ya fue premonitoria: el autobús no llegaba, éramos más de diez esperando, nos fueron separando en grupos… todo muy raro en general, una vez nos subimos al bus y pusimos rumbo hacia Mumbai, tranquilos, pero la llegada a la ciudad no fue mejor que la espera del autobús. Nos dejaron en mitad de la nada, y los autorickshwas nos querían cobrar una barbaridad por llevarnos a dónde queríamos, que según decían estaba a unos 45 minutos de allí, que luego resultó ser verdad. Suerte que con nosotros habían dos guiris australianos y decidimos compartir el vehículo ya que íbamos en la misma dirección. El camino hacia nuestro hotel, no fue nada alentador: era domingo y temprano, las calles estaban muy tranquilas, pero nos encontramos con una ciudad con algunos edificios altos de oficinas de primera, bloques de pisos destartalados y casitas viejas, todo acompañado por suciedad y basura (la primera cucaracha que he visto en el viaje fue aquí, aunque muy pequeña). Llegamos al hotel y puesto que hasta las 12 no nos daban la habitación: tiene narices, el sitio más caro (¡¡¡1750 rupias!!!) y el único dónde tenemos que esperar por la habitación, decidimos dejar las mochilas e ir a desayunar e investigar un poco. 
Lo que vimos, no hizo que cambiáramos de opinión. Fuimos hasta la famosa Puerta de la India, al lado del Taj Mahal Palace y decidimos visitar Isla Elefanta a pesar del cansancio, ya que al día siguiente, lunes, las cuevas que queríamos ver estaban cerradas. Y menos mal que lo hicimos así, a pesar de que nuestras intenciones eran quedarnos tres o cuatro días en Mumbai, decidimos largarnos de allí al día siguiente rumbo a las playas de Goa. La cuna de Bollywood no tenía nada más que ofrecernos, a parte de la notable subida de temperaturas que estábamos seguros íbamos a encontrar en todos nuestros próximos destinos a partir de éste punto.
La Puerta de la India y detrás el Taj Mahal Palace.
Esta vez, sólo fotos. Esperamos que os gusten.


En éste segundo viaje en bus, tenemos litera doble, y a pesar de los botes que pegamos, descansamos bastante. Bien temprano llegamos a Udaipur, avasallamiento habitual por parte de los conductores de autorickshaw pero no nos queda otra que regatear con uno y cogerlo. El personal del hotel con el que hablamos por teléfono ya nos advirtió que no pagáramos más de 50 rupias y a pesar de la cara de espanto absoluto que pone el conductor al oír que no le pagaríamos más de 50 acaba aceptando, hecho que confirma que son unos timadores, pero es su forma de ganarse la vida… El conductor y otro que va con él, insisten por el camino para llevarnos a otro hotel (uno en el que seguramente reciben comisión) pero nosotros le decimos que no, que el hotel al que vamos es de un amigo y nos está esperando. Cuando llegamos, entiendo por sus miradas y gestos que se lo preguntan y al ver que no es verdad nos mira como diciendo “me la habéis colado”. Ya les está bien.       

Entrada al Palacio de la ciudad.
Vista de pájaro de Udaipur.
Las primeras impresiones del hotel, nos encantan: un restaurante en la azotea con magníficas vistas al lago y una habitación amplia, limpia y adornada con gusto. Parece ser que la descripción del hotel que vimos en la guía se cumple: es bastante nuevo. Nos dicen que después de una ducha y un descanso, bajemos a darles los pasaportes y registrarnos en el hotel, sin prisa, cosa que se agradece. Una vez hecho esto, nos vamos a explorar la ciudad, entramos al palacio de la ciudad, el museo y buscamos un restaurante del que tenemos referencias que al parecer tiene unas vistas estupendas y la comida está muy buena. El restaurante tampoco nos decepciona y con el estómago lleno, Abel se queda dormido al sol mientras yo aprovecho para hacer algunas fotos. Al salir del restaurante, vamos en busca de una tienda ayurvédica, dónde también hacen masajes, para comprarnos una crema de cuerpo: será el agua o el cambio de clima pero parecemos lagartos. Hecho esto, día completo y para el hotel: buena cena y descanso.


Al día siguiente, cogemos una barquita para dar un paseo por el lago que también te lleva a un islote cercano, dónde hay un hotel con tan sólo unas 5 habitaciones, un bonito jardín y paz en el ambiente. Después de una relajante mañana, nos vamos a callejear un poco y encontramos un gracioso hombrecillo que nos invita a entrar en su tienda para explicarnos como elabora artesanalmente incienso con aceites esenciales; tiene de todos los olores posibles: jazmín, rosa, citronela, el clásico sándalo, canela, etc.  Nos explica que él mismo cultiva las plantas y flores en su jardín y elabora el aceite puro esencial que posteriormente utiliza para hacer el incienso. No nos podemos resistir y compramos unas cuantas barritas. Nos morimos de ganas de probarlas en casa, sobre todo las de citronela para deshacernos de los ¡dichosos mosquitos!
Udaipur nos ha encantado también, es una ciudad distinta a las que hemos visto hasta ahora: más limpia, con aire señorial y un ambiente en el que se respira relax, sin duda gracias, en parte,  a su ubicación rodeada de lagos; pero es hora de seguir nuestro camino y al día siguiente cogemos un autobús nocturno hacía Mumbai.         

¡Hoy toca safari! De hecho, aún tenemos que concretarlo con el dueño del hotel ya que lo hemos estado mareando desde que llegamos: que si mañana, que si pasado, que si queremos ir a ver el festival, que si no. La verdad es que se está portando genial con nosotros, mucha paciencia, ayudándonos con todo lo que le preguntamos y en ningún momento nos ha presionado para que cogiéramos el safari con él; algo de lo que se queja mucha gente que viene a Jaisalmer. Después de concretar un poco las cosas, nos fuimos a ver los templos que estaban al ladito de nuestro hotel. La misma entrada (100 rupias) sirve para todos (siete en total) interconectados entre sí. Teníamos que dejar los zapatos fuera, ya que está prohibido entrar con zapatos en los templos. Una vez dentro, pudimos admirar las figuras esculpidas en la piedra y de las que sorprende su conservación teniendo en cuenta que datan del S. XVI aproximadamente. La verdad es que visto uno, todos se parecen: son de la misma época, tallados en el mismo material, pero impresionan igualmente. Era también curioso ver que había muchos turistas venidos de otras regiones de la India y que hacían casi más fotos que nosotros.                                                    

Después de comer nos dirigimos al punto dónde debíamos encontrarnos con el jeep para empezar nuestra aventura, pero ya sabéis que aquí nada sale como está planeado. Finalmente, aparece el dueño del hotel, nos damos cuenta de que nos hemos dejado las chaquetas en su tienda, manda a alguien a que nos las traiga, se va, sin decir nada y nos quedamos ahí con la cara de pánfilos viendo que pasan los minutos y ni jeep ni nada. Vuelve a pasar con su motillo sin ni siquiera mirarnos, un chaval nos trae las chaquietas y al cabo de un rato vuelve a aparecer el dueño del hotel diciendo que al ser el festival hay mucho tráfico y que el jeep llegará tarde, genial ¡nos perdemos la carrera de camellos! Pero él se ofrece a llevarnos con su coche para adelantar camino y encontrarnos con el jeep en la carretera. Cuando por fin nos subimos al jeep y ponemos rumbo a las dunas de Sam, dónde se celebran los actos de hoy, nos quedamos maravillados de la gente que va en nuestra misma dirección: no paran de adelantarnos jeeps, coches, autotrickshaws a reventar de gente…y ¡por fin llegamos! Nos vienen a buscar los camelleros con nuestros tres camellos para llevarnos de paseo. Yo soy la última en subir en uno y aprovecho para hacer una secuencia de fotos a Julián (que tiene el camello más quejica) y Abel. La verdad, es que pensaba que esto sería más difícil, dos pasos y ya lo tenemos dominado J Llegamos a un punto dónde nos bajamos y nos indican hacia dónde tenemos que ir para ver la carrera de camellos. La verdad es que, cuando llegamos, sólo vemos gente y más gente, buscamos un hueco desde el que podremos ver el final de la carrera y  al ganador. A pesar de no entender mucho es fascinante observar a toda esta gente, cómo se comportan, chillan cuando está a punto de acabar la carrera, animan, etc. El ambiente está muy animado. A lo lejos, entre las dunas, se divisan un conjunto de cometas de colores que forman parte de otra competición. 

Cuando la carrera termina, todo el mundo se dirige a las dunas, y nosotros los seguimos. Finalmente llegamos a un pequeño escenario, alrededor del cual la gente se acomoda en las lonas que hay en el suelo para que nos sentemos, y eso hacemos. Esperamos y cuando empieza el espectáculo podemos ver danza tradicional, música y a un “hombre” con cara de loco que canta gritando a los cuatro vientos y que por lo visto aquí es bastante famoso. Sin que la fiesta aquí se acabe, nos vamos a nuestro punto de encuentro con los camelleros para empezar nuestra noche en el desierto. Nos quedamos un poco desilusionados cuando vemos que estamos muy cerca de dónde tiene  lugar el festival, pero nos prometen que sobre las 10 de la noche se acaba y no queda nadie allí. Mientras tanto, preparan fuego, masala chai y lo que será nuestra cena: arroz, curry de verduras y chapati  (una especie de pan plano redondo) recién hecho. Todo en el fuego y muy rudimentario, pero muy bien organizado: se nota que hacen esto muy a menudo. Mientras preparan todo, charlamos con el cocinero, bebemos más chai y antes de cenar disfrutamos de los fuegos artificiales del fin de fiesta. 

“El curry no pica” me dice el cocinero. Nooooooo, apenas. Sólo me puedo comer el arroz, con las manos, claro, aquí no hay cubiertos. Menos mal que no se ve mucho y no podemos ver la de porquería que tenemos y, ni que pensar quiero, tienen ellos en las manos. Con el estómago lleno y bastante frío, nos preparan las “camas”: una manta en el suelo y dos para taparnos. La verdad es que no pasamos nada de frío, ni que decir tiene que las mantas pesan 300 kilos cada una. Con los primeros rayos de sol ya escuchamos que nos están preparando el desayuno: tostadas, mantequilla, mermelada, huevos duros, fruta. Estamos impresionados, lástima que al querer experimentar el festival, no hayamos tenido más tiempo para estar de safari. Esto se acaba, recogemos y volvemos a subirnos a los camellos para otro paseíto antes de coger el jeep que nos llevará de vuelta a Jaisalmer.
Cuando llegamos, nos comentan que ha sido la noche más fría de los últimos 30 años, y no nos extraña. Es muy curioso el cambio de temperatura que hay entre el día (en manga corta y sudando) respecto a la noche, pero ¡así es el desierto! Después de una buena ducha en el hotel, comida y despedida de Julián (tenemos destinos distintos a partir de ahora) ponemos rumbo en autobús a nuestro próximo destino: Udaipur.       

Al día siguiente, después de un buen desayuno, nos fuimos con Julián a explorar las tiendecitas ya que queríamos ir a ver los templos jainíes pero, como sólo dejaban entrar a los extranjeros hasta las doce del mediodía, no nos iba a dar tiempo y decidimos dejarlo para el día siguiente. En las tiendas, se nos caía la baba con las cosas que tenían, telas antiguas preciosas, pinturas aún más bonitas hechas delante de nuestros ojos, nos lo hubiéramos llevado todo, pero otra vez será. Abel, eso sí, se provisionó de un par de pares de pantalones que tanto buscaba. Por la tarde, volvimos al centro neurálgico de la fiesta para ver desfile de camellos engalanados, doma de los mismos, acrobacias, etc. 
Se suponía que esa tarde nos íbamos a ir de safari y a dormir en el desierto pero lo cambiamos ya que así aprovecharíamos el viaje para ir a las dunas de Sam dónde, al día siguiente,  era el fin de fiesta con carreras de camellos y otros actos. También lo hicimos para quedarnos un día más aquí, ya que estábamos muy cómodos. 

Vista de la entrada principal del fuerte.
Tomando el sol después de llenar el estómago.

El viaje en bus fue una buena experiencia y a partir de éste intentaremos hacerlos todos así. La lástima fue que al reservar el billete tan tarde no tuviéramos una cama doble y pasamos todo el trayecto cada uno en su cubículo; excepto las dos últimas horas que como uno se quedo libre nos dejaron cambiar. El “colchón” era más blando aún que el que teníamos en el hotel de Jaipur y dormimos como niños casi toda la noche, a pesar de que el conductor se pasó toda la noche pitando sin parar, y no era como el pitido de un coche, ¡no!, era más bien como el de una atracción de feria. Llegamos a Jaisalmer sobre las 9 de la mañana y según la propia experiencia en las estaciones de trenes y lo que nos habían avisado (incluso uno de los conductores del bus) ya habíamos quedado con el dueño del hotel dónde nos íbamos a alojar nos viniera a buscar para ahorrarnos problemas y el regateo con los conductores de rickshaws, el problema fue que aunque ya teníamos teléfono hindú, no teníamos saldo y no podíamos llamar cuando llegamos a la estación. Por suerte, uno de los conductores del autocar que nos trajo hasta aquí llamó con su teléfono y le avisó. Al poco apareció el señor en un ciclomotor, ¿pretende llevarnos a los dos con  los mochilones ahí? Capaces son, pero no, fue a buscar un rickshaw que nos llevó dentro del fuerte (o ciudad amurallada) y que el dueño del hotel pagó de su bolsillo. Punto a favor. Nuetsras primeras impresiones de Jaisalmer eran muy buenas, era muy bonito y al estar dentro de las murallas, tranquilo, sin tráfico; un alivio teniendo en cuenta, sobre todo, que veníamos del caos absoluto.

En el autobús de camino a Jaisalmer.
Al llegar al hotel, nos enseñó la mejor habitación que tenía, en la última planta del hotel (de sólo 3, no os imaginéis un rascacielos), con sol y unas vistas muy bonitas. A pesar de ser lo más caro que habíamos encontrado hasta el momento (700 rupias la noche/habitación, unos 10€) no pudimos resistir. Pero lo mejor estaba aún por llegar: ¡por fin nos podíamos dar una ducha de agua caliente! Bueno, caliente no, estaba ardiendo, pero era una delicia. Así que nos duchamos, nos relajamos y fuimos a comer a un restaurante al lado del hotel que, según nos dijo, era suyo también. 
Una de las fachadas de arenisca ocre del fuerte.
Cortando el tráfico, menos mal que no nos molestaban, cualquiera les dice algo...
Otra maravilla con vistas, esta vez al lado contrario al de nuestra habitación, con cojines en el suelo y una comida para chuparse los dedos. ¡Jaisalmer nos estaba gustando! Más tarde, bajamos a un descampado fuera de las murallas dónde ese día se celebraban los actos del Festival del Desierto. Estuvimos un rato en las gradas, escuchando música tradicional en directo, bailes, etc. pero lo más interesante era observar a los locales. Era, en realidad, como una fiesta mayor pero con camellos para pasear en lugar de ponis, “encantadores” de serpientes, etc. Al poco volvimos al restaurante dónde habíamos comido para reunirnos con Julián, que había llegado ya después de un largo trayecto en moto, y cenar con él mientras veíamos desde esa terraza privilegiada los fuegos artificiales de esa noche.

¡Están por todas partes!
Por las callejuelas del fuerte.
Música y danza tradicional.

Cuando llegamos a la estación de Agra para coger el tren hacia Jaipur, nos llevamos la sorpresa del retraso que había, unos 40 minutos más o menos y no nos quedó otra que armarnos de paciencia y esperar. No nos queríamos sentar en el suelo por la cantidad de polvo que había, pero fue muy entretenido e interesante observar las idas y venidas sin ser incordiados, salvo de vez en cuando por algún fan de la barba de Abel. Finalmente, el retraso fue de más de una hora, con cambio de andén incluido; un coñazo en toda regla cargados como íbamos y cansados después del madrugón. En éste trayecto no tuvimos asientos asignados hasta el último momento, pero nos subimos al tren (no sin las dudas de Abel) y al ver que eran asientos separados pero que, por suerte, el tren en ésta ocasión iba bastante vacío nos sentamos juntos dónde pudimos. El trayecto se nos hizo muy pesado, ya no era novedad, y sólo queríamos llegar a nuestro hotel para descansar un poco, pero la cosa no iba a ser tan fácil.
Llegamos pasada la medianoche y una vez más sufrimos el acoso de conductores, tan característico de las paradas de tren y bus en la India, que pelean por llevarte a uno de los hoteles de los que reciben comisión. Después de respirar hondo e intentar dispersarlos de nuestro alrededor nos fuimos con un par de conductores hindús, uno de los cuáles hablaba español muy bien, hasta nuestro hotel, no sin antes regatear el exorbitado precio que nos pedían por el trayecto. Cuál fue nuestra sorpresa al llegar al hotel, que era más bien una casa de huéspedes, cuando nos encontramos con las puertas cerradas y ni un alma que contestara nuestras llamadas. Así que, nos pusimos en manos de los conductores que nos llevaron a un hotel que, por suerte,  nos sorprendió gratamente, sobre todo después de la experiencia del primer alojamiento en Agra, que aunque la amabilidad de los que lo regentaban era de agradecer no lo eran tanto las habitaciones sin ventanas y de limpieza más bien pobre.
Después de un buen descanso, decidimos ir andando hasta la Ciudad Rosa ya que parecía estar cerca y visitar el Palacio de la Ciudad y el Hawa Mahal entre otros lugares destacados de Jaipur. Esa era la idea inicial, pero tras las muchas vueltas que dimos se nos hizo tarde y sólo tuvimos tiempo de ver el Palacio de la Ciudad (todos los monumentos cerraban a las 17 horas), no sin antes tener la oportunidad de pasear cuál nativo más por el Main Bazaar, una de las principales calles de Jaipur llena de tiendecitas,  dónde pudimos absorber los colores y olores a especias más característicos de la India. 
Ya en una de las salas del Palacio de la Ciudad, justo después de comentar que no habíamos visto aún a ningún español nos cruzamos con dos que volvimos a ver a la salida del Palacio, cuando nosotros ya nos disponíamos a ir directos al hotel. Finalmente, fuimos con Julián y Dario a tomar un chai (té especiado). Resultó ser que no viajaban juntos, y que Dario tenía planes muy concretos puesto que había venido con un amigo hindú para unos 15 días mientras éste hacía negocios. Mientras nos tomábamos el chai se nos unió un peculiar personaje que cuando escuchó que éramos españoles me pidió que, mientras él dictaba una carta a su amada Carmen, yo la escribiera en castellano. Después el hombre, en agradecimiento, quería hacerme un regalo de su tienda, así que al acabar el chai los cuatro lo seguimos por las callejuelas hasta llegar a una pequeña joyería escondida en una especie de patio interior. Me dio unos pendientes de cristal y quiso que nos quedáramos un rato a tomar una cerveza con él pero con la excusa (que era también cierta) de que Dario se tenía que ir ya que había quedado con su amigo, dejamos al hombrecillo en su tienda insistiendo en que volviéramos al día siguiente con más tiempo. Nos pareció todo un tanto raro, y más cuando se despidió de mí con la frase: prométeme que no le contarás a nadie lo de la carta. Con lo que confirmamos nuestras sospechas de que era todo un intento de llevarnos a su tienda para vendernos algo; pero ésta vez le salió mal y se quedó con un par menos de pendientes.


Nos despedimos de Dario y fuimos con Julián al autorickshaw que había contratado para todo el día ya que, aparte de los pendientes, nos llevamos de aquel peculiar hombre las indicaciones para llegar a una de las tantas tiendas del gobierno dónde los precios son fijos y, supuestamente, justos. Julián quería comprarle a su novia un traje típico de ésta zona de la India, el Rajastán, pero nosotros también acabamos cayendo en la tentación. La experiencia aquí fue muy agradable después del caos de Jaipur y los insistentes vendedores. Vimos cosas muy bonitas y nos quedamos con las ganas de llevarnos media tienda. 
Una preciosidad de alfombras, nos las hubiéramos llevado todas.

Vista del Palacio del Agua de camino al hotel después de unas compras.
Para el día siguiente acordamos con el conductor entre los tres un precio para que nos llevara al Fuerte de Amber, a las afueras de la ciudad y luego nos dejara en el centro de la Ciudad Rosa para que Abel y yo pudiéramos ver lo que no nos dio tiempo el día anterior y Julián seguiría su ruta ya que viajaba en moto. Como siempre, de lo planeado la mitad. Se nos pasaron las horas volando en el fuerte de Amber, y otros dos fuertes más que hay al lado y sin darnos cuenta era ya la hora de comer. Nosotros supuestamente esa noche cogíamos un tren hacia Jaisalmer para poder llegar a tiempo y ver el Festival del Desierto, que se celebra cada año en enero/febrero y que habíamos tenido la suerte de que nos coincidían las fiestas. Pero, no teníamos los billetes confirmados, sino que estábamos en lista de espera y, aunque yo me hubiera subido al tren y pagado una vez dentro por una litera (que ya me habían dicho que esto se suele hacer), Abel se negaba y parecía que nos íbamos a quedar otra noche más en Jaipur, idea que tampoco nos gustaba mucho porque la encontramos muy caótica y necesitábamos un poco de tranquilidad; difícil en la India, pero no imposible.
Para ordenar nuestras ideas, fuimos los tres a comer a un mítico restaurante de Jaipur, LMB, popular no sólo entre los turistas sino también entre los propios hindúes. ¡Estaba lleno!, y cuando probamos la comida, supimos la razón. Una gozada para el paladar. Ya con el estómago lleno, Julián  decidió cambiar su ruta para ir primero a Jaisalmer y ver el festival con nosotros; llamó a uno de los hoteles para preguntar si tenían dos habitaciones libres ya que nos temíamos que todo estaría lleno. Y tuvimos suerte, además por un buen precio teniendo en cuenta las fechas y justo dónde queríamos: dentro del fuerte. Ahora sólo nos faltaba encontrar un medio de transporte hasta allí y nos enteramos de que podíamos viajar en un autobús sleeper. Pedimos al conductor del autorickshaw que nos llevara a una agencia a probar suerte y una vez más, la teníamos de nuestro lado. Había un autobús que salía en un par de horas, con dos literas libres y que llegaba a Jaisalmer a las 8 de la mañana del día siguiente, ¡perfecto! No nos lo pensamos dos veces, para el hotel a recoger el equipaje, nos despedimos de Julián hasta que volviéramos a encontrarnos en Jaisalmer y a probar otro medio de transporte en la India. 
Encantador de serpientes con el Fuerte de Amber de fondo.
Monos y palomas compartiendo comida


Una buena opción para subir al fuerte.



Trabajos de restauración en el techo.