Hampi, escenario de película.

Al bajar del autobús justo antes de que amaneciera en la antigua (varios siglos) plaza del mercado  ya se podía respirar en el ambiente el misticismo del lugar. Para variar, ya estaban los autorickshaws al acecho, pero ésta vez según el mapa nuestro alojamiento estaba a un kilómetro de la estación de autobuses más o menos así que decidimos ir andando y en menos de cinco minutos ya estábamos allí.
Hampi es un pueblo pequeño de apenas un puñado de calles sin asfaltar, con vacas desperdigadas por todos lados, cabras, etc. (aquí íbamos a necesitar bastante repelente de mosquitos y, de hecho, es donde hicimos nuestro descubrimiento de una repelente en crema perfecto y barato: Odomos). Sin embargo, está sorprendentemente limpio, quizá porque para los hindús sea lugar de peregrinación. Después de desayunar, acomodarnos en la habitación y lavar alguna que otra prenda de ropa nos pasamos la tarde paseando por las ruinas más cercanas. El paisaje que brindan es impresionante. Los templos se encuentran rodeados por gigantescas rocas redondas que parecen desafiar la gravedad en enclaves imposibles, todo ello enmarcado por centenares de verdes palmeras que contrastan perfectamente formando lo que bien podría ser un escenario de película.

Al día siguiente, antes de coger la moto que habíamos alquilado para poder ir a ver los templos más alejados y, a su vez, los que dicen ser más importantes, nos fuimos a llenarnos el estómago a nuestro, recién descubierto, restaurante favorito de Hampi: cerca de la calle principal regentado por una familia tibetana, muy acogedor, con un buen servicio, comida más que apetecible y desde la terraza del cuál podíamos observar a los monos que se paseaban por las cercanías.

Healthy breakfast. 

¿Qué estará pensando? ¿El planeta de los simios?
Con el estómago ya lleno cogimos la moto y fuimos a investigar los alrededores. Pasamos por varios pueblos y ruinas y llegamos al templo principal, famoso por alojar un carro de piedra cuyas ruedas, dicen, se movían antiguamente. Paseamos por esta zona un buen rato, admirando el paisaje que no dejaba de sorprendernos y luego nos sentamos a descansar (no sin antes aventurarnos a comprar unos helados “caseros” a un vendedor ambulante que no llegamos a terminar) a la orilla del río desde dónde pudimos observar entre otras cosas a un grupo de búfalos cruzar el río.


Después del descanso fuimos en busca del Templo de los Monos que Julián nos recomendó que visitáramos. Se encontraba en la orilla opuesta del río y teníamos que cruzar con unas pequeñas barcas a motor con moto y todo. Las barcas parecían pequeñas pero llegamos a ver hasta 6 motos dentro más un puñado de gente junto con todos los conductores, claro. El templo de los monos se encuentra al final de un montón de empinadas escaleras y vigilado, como su propio nombre indica, por montones de monos que se acercan demasiado, para nuestro gusto, debido a que la gente les da comida. Después del esfuerzo de subir a pleno sol y vigilando que los monos no se nos fueran a tirar encima, llegamos a la cima dónde el paisaje vuelve a impresionar gratamente: rocas color ocre que contrastan con las palmeras y los campos arrozales de un verde intenso casi imposible.
Ya al día siguiente dejábamos Hampi para dirigirnos al prometedor estado de Kerala y sus backwaters.

El Templo de los Monos.

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