Luang Prabang

Lo primero que hicimos la primera mañana es buscar otro alojamiento ya que, el que habíamos escogido la noche anterior con el cansancio no nos gustó, entre otras cosas porque había obras cerca y nos despertaron bien temprano. Una vez en el nuevo hotel, dedicamos ése día a pasear sin rumbo por la ciudad. Está rodeada por dos ríos, y muchos de los bares, restaurantes y hoteles se encuentran en una ubicación privilegiada con vistas a los ríos.

Niños pescando en el río.
Luang Prabang es una pequeña localidad donde perdura aún un aire afrancesado resultado de años de colonización. A cada paso te encuentras restaurantes con aire francés, que ofrecen repostería, baguettes, etc. Aquí también abundan las escuelas y templos budistas y hay muchísimos niños vestidos de monjes por todos lados, pero sin duda, para nosotros, lo mejor de Luang Prabang son sus cascadas. 
Uno de los días que estuvimos aquí cogimos un taxi y nos fuimos a las más famosas, las de Kuang Si. Había gente, pero no demasiada, también nos encontramos con gente local pasando el día aquí con su picnic, la mayor atracción de estas cascadas es la cuerda que hay colgando de un árbol de la que te puedes tirar de mil maneras (algunos con mayor facilidad que otros).

Otro de los puntos a destacar de esta localidad es el mercado nocturno con montones de puestos de las gentes de los poblados de alrededor que venden sus artesanías y todo tipo de materiales hechos a mano. Después de pasar unos días aquí, decidimos bajar hasta Vientián, la capital del país. 



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