Haciendo amigos en Jaipur

Cuando llegamos a la estación de Agra para coger el tren hacia Jaipur, nos llevamos la sorpresa del retraso que había, unos 40 minutos más o menos y no nos quedó otra que armarnos de paciencia y esperar. No nos queríamos sentar en el suelo por la cantidad de polvo que había, pero fue muy entretenido e interesante observar las idas y venidas sin ser incordiados, salvo de vez en cuando por algún fan de la barba de Abel. Finalmente, el retraso fue de más de una hora, con cambio de andén incluido; un coñazo en toda regla cargados como íbamos y cansados después del madrugón. En éste trayecto no tuvimos asientos asignados hasta el último momento, pero nos subimos al tren (no sin las dudas de Abel) y al ver que eran asientos separados pero que, por suerte, el tren en ésta ocasión iba bastante vacío nos sentamos juntos dónde pudimos. El trayecto se nos hizo muy pesado, ya no era novedad, y sólo queríamos llegar a nuestro hotel para descansar un poco, pero la cosa no iba a ser tan fácil.
Llegamos pasada la medianoche y una vez más sufrimos el acoso de conductores, tan característico de las paradas de tren y bus en la India, que pelean por llevarte a uno de los hoteles de los que reciben comisión. Después de respirar hondo e intentar dispersarlos de nuestro alrededor nos fuimos con un par de conductores hindús, uno de los cuáles hablaba español muy bien, hasta nuestro hotel, no sin antes regatear el exorbitado precio que nos pedían por el trayecto. Cuál fue nuestra sorpresa al llegar al hotel, que era más bien una casa de huéspedes, cuando nos encontramos con las puertas cerradas y ni un alma que contestara nuestras llamadas. Así que, nos pusimos en manos de los conductores que nos llevaron a un hotel que, por suerte,  nos sorprendió gratamente, sobre todo después de la experiencia del primer alojamiento en Agra, que aunque la amabilidad de los que lo regentaban era de agradecer no lo eran tanto las habitaciones sin ventanas y de limpieza más bien pobre.
Después de un buen descanso, decidimos ir andando hasta la Ciudad Rosa ya que parecía estar cerca y visitar el Palacio de la Ciudad y el Hawa Mahal entre otros lugares destacados de Jaipur. Esa era la idea inicial, pero tras las muchas vueltas que dimos se nos hizo tarde y sólo tuvimos tiempo de ver el Palacio de la Ciudad (todos los monumentos cerraban a las 17 horas), no sin antes tener la oportunidad de pasear cuál nativo más por el Main Bazaar, una de las principales calles de Jaipur llena de tiendecitas,  dónde pudimos absorber los colores y olores a especias más característicos de la India. 
Ya en una de las salas del Palacio de la Ciudad, justo después de comentar que no habíamos visto aún a ningún español nos cruzamos con dos que volvimos a ver a la salida del Palacio, cuando nosotros ya nos disponíamos a ir directos al hotel. Finalmente, fuimos con Julián y Dario a tomar un chai (té especiado). Resultó ser que no viajaban juntos, y que Dario tenía planes muy concretos puesto que había venido con un amigo hindú para unos 15 días mientras éste hacía negocios. Mientras nos tomábamos el chai se nos unió un peculiar personaje que cuando escuchó que éramos españoles me pidió que, mientras él dictaba una carta a su amada Carmen, yo la escribiera en castellano. Después el hombre, en agradecimiento, quería hacerme un regalo de su tienda, así que al acabar el chai los cuatro lo seguimos por las callejuelas hasta llegar a una pequeña joyería escondida en una especie de patio interior. Me dio unos pendientes de cristal y quiso que nos quedáramos un rato a tomar una cerveza con él pero con la excusa (que era también cierta) de que Dario se tenía que ir ya que había quedado con su amigo, dejamos al hombrecillo en su tienda insistiendo en que volviéramos al día siguiente con más tiempo. Nos pareció todo un tanto raro, y más cuando se despidió de mí con la frase: prométeme que no le contarás a nadie lo de la carta. Con lo que confirmamos nuestras sospechas de que era todo un intento de llevarnos a su tienda para vendernos algo; pero ésta vez le salió mal y se quedó con un par menos de pendientes.


Nos despedimos de Dario y fuimos con Julián al autorickshaw que había contratado para todo el día ya que, aparte de los pendientes, nos llevamos de aquel peculiar hombre las indicaciones para llegar a una de las tantas tiendas del gobierno dónde los precios son fijos y, supuestamente, justos. Julián quería comprarle a su novia un traje típico de ésta zona de la India, el Rajastán, pero nosotros también acabamos cayendo en la tentación. La experiencia aquí fue muy agradable después del caos de Jaipur y los insistentes vendedores. Vimos cosas muy bonitas y nos quedamos con las ganas de llevarnos media tienda. 
Una preciosidad de alfombras, nos las hubiéramos llevado todas.

Vista del Palacio del Agua de camino al hotel después de unas compras.
Para el día siguiente acordamos con el conductor entre los tres un precio para que nos llevara al Fuerte de Amber, a las afueras de la ciudad y luego nos dejara en el centro de la Ciudad Rosa para que Abel y yo pudiéramos ver lo que no nos dio tiempo el día anterior y Julián seguiría su ruta ya que viajaba en moto. Como siempre, de lo planeado la mitad. Se nos pasaron las horas volando en el fuerte de Amber, y otros dos fuertes más que hay al lado y sin darnos cuenta era ya la hora de comer. Nosotros supuestamente esa noche cogíamos un tren hacia Jaisalmer para poder llegar a tiempo y ver el Festival del Desierto, que se celebra cada año en enero/febrero y que habíamos tenido la suerte de que nos coincidían las fiestas. Pero, no teníamos los billetes confirmados, sino que estábamos en lista de espera y, aunque yo me hubiera subido al tren y pagado una vez dentro por una litera (que ya me habían dicho que esto se suele hacer), Abel se negaba y parecía que nos íbamos a quedar otra noche más en Jaipur, idea que tampoco nos gustaba mucho porque la encontramos muy caótica y necesitábamos un poco de tranquilidad; difícil en la India, pero no imposible.
Para ordenar nuestras ideas, fuimos los tres a comer a un mítico restaurante de Jaipur, LMB, popular no sólo entre los turistas sino también entre los propios hindúes. ¡Estaba lleno!, y cuando probamos la comida, supimos la razón. Una gozada para el paladar. Ya con el estómago lleno, Julián  decidió cambiar su ruta para ir primero a Jaisalmer y ver el festival con nosotros; llamó a uno de los hoteles para preguntar si tenían dos habitaciones libres ya que nos temíamos que todo estaría lleno. Y tuvimos suerte, además por un buen precio teniendo en cuenta las fechas y justo dónde queríamos: dentro del fuerte. Ahora sólo nos faltaba encontrar un medio de transporte hasta allí y nos enteramos de que podíamos viajar en un autobús sleeper. Pedimos al conductor del autorickshaw que nos llevara a una agencia a probar suerte y una vez más, la teníamos de nuestro lado. Había un autobús que salía en un par de horas, con dos literas libres y que llegaba a Jaisalmer a las 8 de la mañana del día siguiente, ¡perfecto! No nos lo pensamos dos veces, para el hotel a recoger el equipaje, nos despedimos de Julián hasta que volviéramos a encontrarnos en Jaisalmer y a probar otro medio de transporte en la India. 
Encantador de serpientes con el Fuerte de Amber de fondo.
Monos y palomas compartiendo comida


Una buena opción para subir al fuerte.



Trabajos de restauración en el techo.







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