Agra, cuna de una de las siete maravillas del mundo.

             El viaje en tren a Agra fue mejor de lo que esperábamos. Al llegar a la estación identificamos fácilmente nuestro andén y el sitio donde nos teníamos que colocar para subirnos a nuestro vagón. El tren era tal y como habíamos visto en muchísimas fotos, con sus ventanas de barrotes pero que tienen también un cristal y una puerta de tablillas de madera exterior que se pueden cerrar. Estaba ya casi atardeciendo así que la poca luz ayudó a que nos fijáramos poco en la suciedad y yo tampoco quería mirar mucho para no ver cucarachas ni ninguno de los tantos otros bichos que nos habían contado te puedes encontrar aquí. Por suerte, en todo el trayecto no vimos nada (y toquemos madera para que siga siendo así).
                A nuestra llegada a Agra ya teníamos las dos noche reservadas en el hostal Friends Paying Guest House a sólo 15 minutos andando de la entrada este del Taj Mahal. Nuestro error fue no contactar con ellos antes para que nos vinieran a buscar a la estación y así evitarnos la avalancha de conductores de tuk-tuks, taxis y auto-rickshaws que se agolpan en la estación esperando poder sacar alguna rupia de más a algún turista despistado. Después de un rato intentando no perder la paciencia por el “acoso” llegamos a nuestro hostal en taxi para encontrar que no tenían constancia de nuestra reserva para esa primera noche. Después de todo el viaje y a altas horas de la mañana, eso es lo último que quieres oír. Finalmente nos dieron un cuchitril con la promesa de que al día siguiente nos darían una habitación mucho mejor. Nos conformamos porque estábamos hechos polvo y caímos como bebés; para nuestro alivio la promesa al día siguiente se cumplió y, aunque no era gran cosa, agradecimos el cambio.
                Ese primer día en Agra, después de levantarnos a las 11 de la mañana (es que estábamos muuuuuuy cansados), lo pasamos paseando por las callejuelas ya que queríamos ir al Taj Mahal al día siguiente a primera hora aprovechando que habría menos gente y ver el amanecer. Por la tarde, fuimos al Mehtab Bagh, un parque al otro lado del río desde el que, por 100 rupias por persona, se tienen unas magníficas vistas de la parte de atrás del Taj Mahal, que es exactamente igual que las otras tres caras.

 Tal y como habíamos planeado, al día siguiente nos levantamos prontito y allá que fuimos. Las entradas para el Taj Mahal se compran, en el caso de la entrada este que es la que nosotros usamos, en unas oficinas que hay a más o menos un kilometro de la entrada y que a nosotros nos cogía de camino. Aquí tienen taquillas, puedes también alquilar el audio guía y con la entrada del Taj Mahal (750 rupias) te dan una botella de agua y unos peucos para los zapatos. Al llegar a la entrada hay unas divisiones para que hombres y mujeres entren por separado, te registran la mochila y ¡para adentro! Nada más entrar se ve un bonito edifico de piedra rojiza,


nos dirigimos hacia él y cuando estuvimos enfrente nos encontramos con esto:
Impresionante
Una magnífica vista del Taj Mahal a través de la entrada en arco que da acceso a los jardines y al propio emplazamiento de este impresionante edificio. Tenemos que reconocer que la luz no era la mejor de todas, estaba amaneciendo pero había una bruma que enturbiaba un poco la vista, a pesar de todo, te deja boquiabierto. Poco a poco el sol fue abriéndose camino a través de las nubes y la bruma y se reflejaba en el monumento dotándolo de un tono dorado. Estuvimos un buen rato haciendo fotos desde todas las perspectivas posibles y después nos fuimos acercando poco a poco hasta llegar a su interior que es una sala pequeña y casi a oscuras dónde en el centro se encuentran las falsas tumbas de Shah Jahan y su amada Mumtaz Mahal (las verdaderas están en una sala subterránea). Es aconsejable entrar con una pequeña linterna para poder así apreciar la translucidez del mármol y las incrustaciones de piedras semipreciosas.

          Después de pasar unas dos horas aquí, aunque parecieron minutos ya que el tiempo vuela admirando una de las siete maravillas del mundo, salimos por la puerta oeste y fuimos andando hasta el fuerte de Agra por la carretera que bordea el parque Shahjahan. Una vez dentro del fuerte nos sentamos un ratito en uno de los bancos para descansar y, cómo no, una familia hindú quería una foto nuestra. No os lo hemos dicho pero nos estamos haciendo famosos aquí, no paran de pedirnos hacerse una foto con nosotros y la barba de Abel triunfa como la coca-cola; como esto siga así, vamos a empezar a cobrar 50 rupias por foto. El fuerte, de arenisca roja, impresiona por sus diferentes edificios, patios y palacios, muchos en mármol; aquí se combinan arquitecturas de estilo hindú y mogol. Desde aquí, el Taj Mahal se alza majestuoso a lo lejos cuál oasis en el desierto permitiéndonos fotografiarlo con un marco de columnas y ventanales.
Cuando acabamos aquí, cogimos un autorickshaw que nos llevó a uno de los restaurantes en una azotea para poder degustar nuestra última comida en Agra con vistas al Taj Mahal y un agradable solecito que invitaba a relajarse. Y así bajamos de la terraza con una gran paz interior hasta que llegamos a la entrada del restaurante y el caos de la calle nos devolvió a la realidad y volvió a subirnos las pulsaciones. Nos fuimos hacia el hotel esquivando tuk-tuks, autorickshaws y vendedores de todo tipo para recoger las mochilas y partir hacia la estación rumbo Jaipur, no sin antes reservar a través de internet una habitación para esa noche ya que la hora aproximada de llegada eran las 22:30 y no nos apetecía tener que dar muchas vueltas buscando alojamiento a esas horas después de 5 horas en tren.
Nos llevamos de Agra, nuestra primera parada en ésta aventura, una impresión de la India que después comprobaremos no es del todo real. Aquí, los turistas, unos 3.000.000 al año visitan el Taj Mahal, son acosados no muy insistentemente pero si constantemente por los cientos de vendedores y conductores que plagan las calles en busca de unas rupias de más.
Una de las salas del Fuerte de Agra


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