Llegada a Jaisalmer, oasis en el desierto

El viaje en bus fue una buena experiencia y a partir de éste intentaremos hacerlos todos así. La lástima fue que al reservar el billete tan tarde no tuviéramos una cama doble y pasamos todo el trayecto cada uno en su cubículo; excepto las dos últimas horas que como uno se quedo libre nos dejaron cambiar. El “colchón” era más blando aún que el que teníamos en el hotel de Jaipur y dormimos como niños casi toda la noche, a pesar de que el conductor se pasó toda la noche pitando sin parar, y no era como el pitido de un coche, ¡no!, era más bien como el de una atracción de feria. Llegamos a Jaisalmer sobre las 9 de la mañana y según la propia experiencia en las estaciones de trenes y lo que nos habían avisado (incluso uno de los conductores del bus) ya habíamos quedado con el dueño del hotel dónde nos íbamos a alojar nos viniera a buscar para ahorrarnos problemas y el regateo con los conductores de rickshaws, el problema fue que aunque ya teníamos teléfono hindú, no teníamos saldo y no podíamos llamar cuando llegamos a la estación. Por suerte, uno de los conductores del autocar que nos trajo hasta aquí llamó con su teléfono y le avisó. Al poco apareció el señor en un ciclomotor, ¿pretende llevarnos a los dos con  los mochilones ahí? Capaces son, pero no, fue a buscar un rickshaw que nos llevó dentro del fuerte (o ciudad amurallada) y que el dueño del hotel pagó de su bolsillo. Punto a favor. Nuetsras primeras impresiones de Jaisalmer eran muy buenas, era muy bonito y al estar dentro de las murallas, tranquilo, sin tráfico; un alivio teniendo en cuenta, sobre todo, que veníamos del caos absoluto.

En el autobús de camino a Jaisalmer.
Al llegar al hotel, nos enseñó la mejor habitación que tenía, en la última planta del hotel (de sólo 3, no os imaginéis un rascacielos), con sol y unas vistas muy bonitas. A pesar de ser lo más caro que habíamos encontrado hasta el momento (700 rupias la noche/habitación, unos 10€) no pudimos resistir. Pero lo mejor estaba aún por llegar: ¡por fin nos podíamos dar una ducha de agua caliente! Bueno, caliente no, estaba ardiendo, pero era una delicia. Así que nos duchamos, nos relajamos y fuimos a comer a un restaurante al lado del hotel que, según nos dijo, era suyo también. 
Una de las fachadas de arenisca ocre del fuerte.
Cortando el tráfico, menos mal que no nos molestaban, cualquiera les dice algo...
Otra maravilla con vistas, esta vez al lado contrario al de nuestra habitación, con cojines en el suelo y una comida para chuparse los dedos. ¡Jaisalmer nos estaba gustando! Más tarde, bajamos a un descampado fuera de las murallas dónde ese día se celebraban los actos del Festival del Desierto. Estuvimos un rato en las gradas, escuchando música tradicional en directo, bailes, etc. pero lo más interesante era observar a los locales. Era, en realidad, como una fiesta mayor pero con camellos para pasear en lugar de ponis, “encantadores” de serpientes, etc. Al poco volvimos al restaurante dónde habíamos comido para reunirnos con Julián, que había llegado ya después de un largo trayecto en moto, y cenar con él mientras veíamos desde esa terraza privilegiada los fuegos artificiales de esa noche.

¡Están por todas partes!
Por las callejuelas del fuerte.
Música y danza tradicional.

0 comentarios:

Publicar un comentario