Primeras horas en Delhi


Nuestras primeras horas en India las pasamos en Delhi. Llegamos sobre las 11 de la mañana después de pasar toda la noche en el avión. Antes de salir del aeropuerto y tener nuestra primera toma de contacto nos dirigimos a la taquilla de taxis pre-pagados tal y como nos habían aconsejado, sin problemas, salimos a buscar a nuestro taxi, que encontramos enseguida, colocamos las mochilas en el maletero y nos metimos dentro. Coche, lo que se dice coche, no sé si llamarlo, era algo parecido o al menos lo que quedaba de uno. Nada más subirnos al taxi el conductor nos preguntó cuánto habíamos pagado, yo me negué a darle el precio exacto pero allá que se fue igualmente a una especie de taquilla que estaba al lado de donde se cogen los taxis. Una de las estafas más comunes de las que hemos oído hablar es la de que una vez les das el nombre del hotel al que te tienen que llevar, a menudo fingen que reciben una llamada que les dice que el hotel en cuestión está lleno, o simplemente ellos te dicen que ese hotel está cerrado o cualquier otra cosa para llevarte a donde ellos quieren, porque reciben comisión, por ejemplo. En nuestro caso, no podían hacer nada de esto ya que íbamos directos a la estación de tren, pero cuando nos preguntó lo que habíamos pagado y se fue, ya empezamos a sospechar. Falsa alarma porque el conductor volvió al minuto y nos pusimos en marcha.
Una de las primeras cosas que notamos al salir del aeropuerto fue el ruido del tráfico. No se puede decir que hubiera un tráfico excesivo en los alrededores del aeropuerto pero por su manera de conducir 4 coches bien pueden parecer 400. Se pasan el rato pitando, tienen líneas pintadas en el suelo pero como si no estuvieran. Una carretera de 3 carriles puede convertirse en un momento dado en una de 4 o 5. Los coches se cuelan por huecos imposibles y, o no tienen retrovisores o no los usan. El coche que quiere adelantar, pita y ¡sálvese quien pueda!, si alguien molesta, pitan, si quieren pedir paso, pitan y así eso se convierte en un pitido constante a diestro y siniestro. La verdad es que nos lo pasamos bien, es todo un espectáculo, más que conducir es un arte diría yo, porque no vimos ningún choque ni nada por el estilo y por mucho que piten, la gente no se estresa, no se insultan, ni siquiera se miran, es así y punto. Ahora bien, podéis leer lo que escribo, os lo pueden contar cien personas pero hasta que no lo vives en primera persona, no te lo imaginas de verdad.
Vistas desde la terraza del restaurante mientras nos tomamos una Kingfisher
Una vez en la estación de tren, puesto que vimos que allí no había nada que hacer y ni siquiera teníamos intención de buscar unas “taquillas” para dejar nuestras mochilas, empezamos a caminar buscando algo parecido a un bar o restaurante donde poder descansar y comer algo mientras se hacía la hora de coger el tren. Y allá que fuimos, cruzando la calle al más puro estilo hindú por medio de los coches (en marcha) con una mochila delante y otra detrás a coger la primera calle que nos pareció una mejor opción qué resultó ser Main Bazaar, después de recorrernos prácticamente toda la calle, no sin quedarnos con las ganas de parar en todas y cada una de las tiendecitas por obvios problemas logísticos pero a las que volveremos cuando estemos otra vez en Delhi al final de nuestro viaje, encontramos un restaurante con terraza en el segundo piso y allí nos quedamos. Nos descargamos y pedimos una cerveza cada uno para refrescarnos un poco. Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos plantaron allí dos botellas de Kingfisher de 650ml cada una, ¡casi na’! Pero, no pasa nada, teníamos tiempo. En aquella terraza pasamos el rato saboreando nuestras cervezas, junto con un poco de comida que pedimos al rato y observando desde una perspectiva privilegiada las idas y venidas de la vida cotidiana en esta peculiar ciudad, como un espectador más viendo una película en el cine.



En una de las estaciones de tren de camino a Agra.

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